Elogio de la lentitud

Son muchas las personas que muestran cierta pobreza espiritual y sed existencial y que, al mismo tiempo, están atrapadas en un dilema evidente: les gustaría hallar la calma, pero las situaciones a las que se aferran hacen que cualquier observación sobre la lentitud parezca cínica. Y el hecho de que un problema estructural y político se transforme en un problema del individuo no hace más que aumentar el peso que cada cual lleva a cuestas.

Muchas personas (incluso jóvenes) se dan cuenta de que no se toman el tiempo para vivir y que sólo se dedican a trabajar. Se matan trabajando y, al fin de cuentas, ¿para qué? Estas personas no tienen la fuerza o la determinación necesaria para crear sus propios espacios, y el mayor riesgo lo corren aquéllas que son adictas a su trabajo y se ponen nerviosas cuando no tienen “nada qué hacer”. La actividad sin descanso se cuela en su interior de manera imperceptible. Su mirada se vuelve algo errante. Algunas se comportan como si pudieran sacarle todo el provecho a la vida de una sola vez, hacerlo todo simultáneamente. Su vida se reduce a un correr inquieto de aquí para allá entre distintos proyectos y a una vaga promesa que sigue el lema de “Después, cuando tenga más tiempo, dejaré que las coas fluyan con más calma”. En los últimos años he escuchado con mucha más frecuencia la frase “Sólo muy tarde me di cuenta de que dejé escapar mi vida”.

Owe Wikström en El elogio de la lentitud


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