¿Por qué llamamos pisto al dinero? (Guatemala)

Quetzales
¿Por qué llamaremos nosotros pisto al dinero? ¿Será un modo disfrazado de decir que todos andamos a la pista de él, o que todos le seguimos la pista?

En el tiempo de nuestros cándidos abuelos se disimulaba, hasta donde era dable, la afición al dinero.  Si una señora de cierta posición (es decir, de posición incierta) abría una tienda, no era por ganar, sino por entretenerse. El jugador que pasaba la vida en los garitos desvalijando a sus prójimos, lo hacía por distraerse, no por especular.

Hoy somos más francos y no nos contentamos con tributar al divino metal un culto interno. Se le persigue a sol y a sombra y nadie se toma el trabajo de ocultar su ternura por él. Hay, si se quiere, menos avaricia que antes; pero en cambio hay más codicia. Hace un siglo los ricos amontonaban el dinero por el placer de verlo. La generación actual lo quiere para echarlo por las ventanas, como un huésped molesto.

Esta es una regla que, por supuesto, admite algunas excepciones. Hay todavía ricos que quieren el dinero para guardarlo y darse una vida de perros. Esos son maniáticos a quienes es preciso compadecer. Hay otros, aunque pocos, que emplean su dinero en socorrer o servir a sus semejantes, y esos son hombres dignos del respeto de la sociedad.

José Milla (1822-1882) en El canasto del sastre.

Breve explicación del Esquema Ponzi

Carlo Ponzi, un emigrante italiano, en 1920 llegó a USA y fundó un “negocio”. Consistía en decir que invertía en sellos postales del extranjero que en USA se podían vender muy caros y de ahí obtener jugosísimas ganancias. No había tales sellos. Ofrecía pagar el 100% de tu inversión en 3 meses, algo totalmente ilógico. Lo que hacía en realidad era que a los primeros inversores les pagaba ganancias con su propio dinero, estos regaban la bola, y llegaban cada vez más inversores. Las contribuciones de los nuevos inversores servían para pagar a los más antiguos. Y claro, esto se puede sostener durante algún tiempo, luego la cosa truena o el estafador huye con un montón de dinero.

El hombre que calculaba

Hemos viajado juntos durante ocho días exactamente. Durante este tiempo, para aclarar dudas e indagar sobre las cosas que me interesaban, pronuncié exactamente 414.720 palabras. Como en ocho días hay 11.520 minutos puede deducirse que durante la jornada pronuncié una media de 36 palabras por minuto, esto es 2.160 por hora. Esos números demuestran que hablé poco, fui discreto y no te hice perder el tiempo oyendo discursos estériles.

— Beremiz, personaje principal de “El hombre que calculaba”, novela escrita por Malba Tahan.

Ya no me envían cartas

La caída del volumen de correo postal en los Estados Unidos durante el año pasado fue la mayor de sus doscientos treinta y cuatro años de historia, y el declive proyectado para los próximos dos años es de diez mil millones de envíos anuales. Desde los doscientos trece mil millones de envíos del año 2006, a los ciento setenta mil millones proyectados para 2010.

Via ED.