A las olimpiadas de invierno de 2002, llegaba a competir un patinador sobre hielo sin muchas oportunidades de triunfo. Se llamaba Steven Bradbury. Competiría en los 1.000 metros de patinaje sobre pista. Bradbury, un excéntrico australiano, había llegado con casi 30 años a la competencia, en el ocaso de su carrera deportiva, en donde había obtenido un campeonato mundial pero en la distancia de 5.000 metros.
Sin embargo, Bradbury logró pasar la primera ronda de manera convincente. Los milagros y su hazaña se empezarían a dar en la segunda ronda, en los cuartos de final. Bradbury, sin ninguna oportunidad real, se enfrentaba a atletas jóvenes en su plenitud. Después de ir en último lugar durante toda la competencia, y de haber quedado fuera, el jurado descalificó a un competidor que había derribado a otro y clasificó en segundo lugar a la semifinal. En la semifinal nuevamente Bradbury clasificó en segundo lugar, al caerse los otros tres competidores en la última vuelta.
Y en la final sucedió lo impensable. Enfrentándose a los mejores del mundo, Bradbury iba de último durante toda la carrera, hasta llegar a la última vuelta. Sus rivales luchando cuerpo a cuerpo por las medallas se derribaron unos a otros, cayendo uno por uno, todos, viendo desde el suelo cómo Steven Bradbury ganaba la competencia.
Los demás competidores, molestos, pidieron que se repitiese la final, pero los jueces no accedieron. Bradbury había ganado la medalla de oro.

Hay que ser más hedonistas. El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto. En estos casos extremos, me gusta recurrir a los clásicos. Por ejemplo, Rousseau. Él veía el egoísmo como algo saludable. El único límite que ponía es que no es legítimo preferir el bien propio si causa un mal a otros. Los capitalistas actuales son fanáticos religiosos que defienden sus beneficios aunque traigan la ruina para millones de personas.
Piensa en esto: cuando te regalan una blackberry te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente la blackberry, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, conexión a internet ilimitada; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la cintura y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu cintura.
Entre abril y mayo de 1966 se grababa una de mis canciones preferidas de Los Beatles, I’m only sleeping. Aparte de una melodía pegajosa, como era usual en los Beatles, la letra y una guitarra grabada al revés son las cosas que más me llaman la atención. La letra trata sobre la pereza de John Lennon, autor de la canción. 



