Paradise Island

Estacioné el carro bajo la sombra de un árbol en el parqueo de la Muni. Llevaba a mi abuela para ayudarla a resolver algún trámite de su cédula. Apagué el motor y saqué la llave, pero antes de que se abriera la puerta mi abuela me apretó la rodilla, indicándome que esperara.

—Yo no sé que viene después de la vida, después de la muerte —me dijo con su voz gastada por los años y el acento que trajo de Polonia y que nunca perdió—. Lo que sí sé es que el Infierno y el Paraíso están aquí, en la Tierra, en la vida. Aunque fue sólo de pasada, yo ya estuve en el Infierno. Lo vi, lo sentí, lo viví. Estuve diez días en Auschwitz. Cuando fui a las Bahamas pensé: “estuve en el Infierno y ahora estoy aquí, en la isla perfecta, en el Paraíso”.

—Todo lo que importa es esto —me dijo y extendió los brazos.

Observé el árbol, los carros, las personas que caminaban despacio, el edificio de concreto, todo lo que nos rodeaba en ese instante.

—Lo que viene después de la vida, la muerte, de eso no sé —dijo—. Lo que sé es que uno mismo construye su Infierno o su Paraíso. Si la conciencia está limpia, no hay de qué temer.

Permanecimos sentados en silencio por un tiempo que me pareció eterno, hasta que ella abrió la puerta.

—Vamos —me dijo— vas a ver el libro en donde está registrada mi cédula. Qué libro tan viejo.

El sol ardía con fuerza. Tomé a mi abuela del brazo y con pereza caminamos hacia el edificio.

Alejandro Torún (Guatemala)


Puedes comentar, o hacer un trackback desde tu sitio.

Deja un comentario